Todos los días el mismo recorrido, la cuadra de los mercados, la diagonal de la plaza, la calle de los gitanos y finalmente la costanera junto al río. Ese río gris, azul, verde, turquesa. Cada día las mismas baldosas, que se repetían eternamente hasta el final del camino. Transitaba esos dos kilómetros de paseo sin dejar de mirar el agua corriendo hacia el sur, como si quisiera ver algo que no había visto durante todos esos años. Pero esta vez algo era diferente. Su mano izquierda apretaba fuerte el tallo de una rosa blanca, símbolo de la amistad. Ese era el día en el que dejaría atrás el dolor pero no el recuerdo, nunca dejaría de recordar, no a Sofía. Tantas cosas daban vueltas en su cabeza que siguió de largo dos metros de la entrada al puente. Le costó reaccionar y finalmente piso firme en el desvencijado paso a la costanera sur. Allí se sentó con los pies colgando, observando firmemente al cielo esta vez, a la luna que nacía blanquecina tras las sierras. Triste, pero segura de...