Esta mujer es como todas, aunque ella no lo quiera asumir.
Bueno en realidad, qué es ser como todas es medio difícil de explicar. Da
igual, mujer, hombre, no sé si hay una cosa que atañe a cada género. Algunos
dicen que sí, es más se han escrito libros sobre eso. No es eso lo que
interesa. La cuestión es que esta mujer, de la que voy a hablar ahora, cree ser
distinta, o eso intenta demostrar. Ella, con todo su intelectualismo, su
moralidad, intenta sobreponerse a la mediocridad del mundo, superarla, dejarla
atrás. Pero, ¿puede? No. Porque es tan tan tan ilusa que nunca deja de confiar.
Siempre cree y tiene esperanzas en que hay personas capaces de salir de esa
promiscuidad universal y adaptarse a sus propuestas para un nuevo y mejor
mundo. Ella, tan optimista a veces se entusiasma y se maquina a partir de lo
más mínimo las posibilidades más grandes de mejoras. Pero no, nunca sucede, y
sufre, se lastima, se arrepiente. Y cae, y vuelve a caer una y otra vez. La ves
cómo le brillan los ojos cuando alguien la está engañando muy evidentemente,
que te dan ganas de sacudirla y gritarle que se despierte. Cómo puede ser que
siendo tan capaz para algunas cosas, no sepa protegerse y darse cuenta. Ella,
al final, siempre termina sola. Porque tiene moral, una moral tan rígida, que
se abstiene de todo lo que no le parece correcto. Y así, por no jugársela, por
no aceptar, por pensar tanto, termina sola. Ahí es donde desesperadamente es
como todos: no quiere estar sola, se muere de ganas de sentirse deseada y
querida. Quiere disfrutar, reírse, pasarla bien. Pero no lo logra, y si por un
momento parece que lo está alcanzando, se termina, por su culpa o por otros.
Casi siempre es ella, o su forma de ser, esas ganas de ser distinta que la
distancian de los que ella llama mediocres. Cuando termina el día y está
acostada en la cama, sueña y desea despertarse y ser una más de la masa
uniforme que anda por la vida sin pensar, sin sufrir, sin ser conscientes.
Espacios para la reflexión e introspección
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