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Las señoras hoy revolvieron sus roperos cuando vieron que la lluvia caía, los turistas acudieron por los vendedores de artículos varios; todos con el mismo fin: conseguir un paraguas. Claro que estamos en verano y esta es una situación inusual para todos.

Las calles parecían ríos y el tráfico un caos. En las veredas las mujeres se aferran a sus maridos para no resbalarse con sus zapatos de taco, las sandalias de verano, y los calzados de las últimas modas. Todos piensan en su seguridad, en que ni una gota arruine sus vestimentas o sus cabellos, para esto utilizan paraguas, pilotos, y cualquier cosa que se les ofrezca en la venta ambulante, ¡incluso se untan impermeabilizante en la piel! Qué locura… pero todo a costas de protección ante la maldita agua, que parece ser la perversidad en estado líquido.

Pero volvamos al primer punto. En verano, ¿Quien recuerda algo del invierno? Entonces aquí comienzan los inconvenientes, la gente en las calles se ha olvidado de la peligrosidad de esos objetos de puntas varias que los mantiene secos, y caminan observando vidrieras y entretenimientos callejeros sin pensar en los miserables transeúntes que no andan vacacionando (entre los que me incluyo). Nosotros, fuimos hoy víctimas y por poco debimos andar con cascos en las atestadas vías de la ciudad para llegar a destino.

Deberían prohibirse los paraguas, o crearse carriles especiales para circular con ellos… Aunque sinceramente me pregunto, ¿Tan mal hace un poco de lluvia entre tanto calor del verano?

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