Un millar de colores en una mañana de invierno anunciaban normalidad. La despedida más larga no puede anunciarla ni siquiera el viento.
Todo corrió sin obstáculos hasta que el reloj gritó las cuatro, media hora para el encuentro y ella se había quedado dormida. Solía suceder, no importa, ese día todo iba salir bien.
En el bar cuidadosamente elegido se sentó a esperar.
16.37 fue el exacto momento en que empezó la más larga despedida, él, inmaculado, de blanco, entró y se dirigió a ella, como si una soga invisible lo guiara a su destino. Sus labios se movieron formando hermosos sonidos que carecían de sentido para su mente perturbada.
Sólo le era posible contemplarlo y simular atención.
LLevaba meses esperando el encuentro, pensando siempre en el último, hacía ya años atrás, en el que habían prometido que sólo se dirían Adiós para siempre en el instante en el que alguno de los dos estuviera próximo a caminar junto a la muerte.
El encuentro había sido pautado por que ella había estado al borde del abismo y la oscuridad eterna, a causa de cosas ya tan lejanas e insignificantes.
El resultado del encuentro fue la promesa que forjó su vida. Prometieron que se acompañarían el resto de su vida para cuidar de que el adiós llegara cuando ya hubieran sido felices y hayan creado felicidad, y cuando la muerte les parezca la próxima aventura y no un enemigo.
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